EDUCATION POUR TOUS

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Fundamentos morales: Los valores y los deberes

Los valores.
Pocas cosas pueden resultar tan difíciles de definir como lo que es un valor. De
hecho, se ha dicho muchas veces que son indefinibles. Hay razones para esta opinión11,
pero esto no significa que sea imposible entender lo que es un valor, y menos localizar
alguno, dada su abundancia. Hay valores religiosos, estéticos, económicos,

intelectuales, morales, etc. Si a nadie sorprende percibir hechos por todas partes,
tampoco debe sorprender que exista la misma proporción de valores, dado que los
hechos, según dijimos, soportan siempre valores. Donde hay un hecho hay al menos un
valor, y como todo valor tiene su contra-valor, en cada hecho hay ya dos valores.
Siguiendo con un ejemplo anterior, si digo que “la mañana está lluviosa”, puedo añadir
a continuación: “qué alegría, que me quedaré en casa leyendo” o “qué pena, que había
quedado con unos amigos para hacer una excursión”. De un mismo hecho percibo
valores distintos, al menos dos, pero generalmente muchos más. Así como los hechos
son, por así decirlo, únicos (o llueve o no llueve), los valores son diversos, es decir,
polares y plurales. Existe lo caro y lo barato, lo agradable y lo desagradable, lo justo y
lo injusto, lo elegante, lo bello, etc., etc. ¿Quiere esto decir que cada persona percibe un
valor distinto y que no coincidimos en ellos, o más claramente, que no son objetivos?
Cabe responder, ciertamente, que los valores no poseen la objetividad de los hechos,
pero aun así son bastante objetivos. Los hechos, en la medida en que se definen como
aquello que es observable para cualquiera, son muy objetivos y de ellos apenas se
discute. Los datos de percepción son casi inapelables. Los valores, por el contrario, se
discuten, pero la propia discusión indica que si no tuvieran algo de objetivo no tendría
sentido que se discutiera de ellos. Cuando uno afirma que “Las Meninas es un cuadro
bello”, no está diciendo únicamente que ese cuadro es bello para sí, sino que la cualidad
“belleza” pertenece como atributo al cuadro y que por eso él lo ve bello. Si los valores
no fueran parcialmente objetivos sería absolutamente imposible la propia vida personal
en comunidad. Los valores suelen ser un descubrimiento compartido por mucha gente y
avalados además por la opinión de los más entendidos.
De los valores surgen un tipo de juicios que se llaman juicios “valorativos”. Los
juicios valorativos se montan sobre juicios de percepción o de hecho. Cuando decimos
que “el pescado está caro” o “qué bonita mañana” estamos haciendo juicios de valor. Ya
hemos visto otros ejemplos anteriormente que nos excusan ahora de mayores
digresiones. Lo curioso es que, a pesar de ser juicios fundados en una dimensión de la
realidad más endeble y ser percibidos del modo más sutil (preferentemente, por vía
emocional), son los juicios más importantes, aquellos en los que se nos va la vida. De
ahí que un buen modo de identificar valores, y a partir de ellos hacer juicios, sea a
través de un experimento mental o método que propuso Moore12 y que repite también
Ortega13, y quizá otros: un valor es aquello que si no existiera, faltaría algo importante;
un valor es aquello que se nos hace imprescindible. La verdad es que la importancia de
los valores es apenas señalada. Por ellos vivimos y por ellos morimos, o incluso
matamos. Los valores, que parecen lo más débil puesto que se asocian con lo subjetivo,
son nuestras señas de identidad, el volumen de nuestra intimidad. Por los hechos somos
iguales, por los valores nos diferenciamos y nos enriquecemos. Con los valores es con
lo que forjamos nuestras vidas, con lo que construimos nuestros sueños y, al fin, con lo
que proyectamos nuestro mundo de deberes. Los deberes son ahora soportados por los
valores, igual que los valores lo eran por los hechos.
Los deberes.
Entramos con esto en la parte más propia de la ética y de la bioética. Ni los
hechos ni los valores son dimensiones específicas de la ética. Ya vimos que los hechos
son algo muy común en el lenguaje de la ciencia, e incluso en el lenguaje cotidiano, y
que los valores no pertenecen exclusivamente a lo moral, sino que los hay de muy
distintas clases, económicos, estéticos, religiosos, etc. Ahora bien, lo valores tienen una
característica no señalada pero esencial ahora: piden su realización. Y esto sí que es lo
propio de la ética: realizar valores. La ética no trata directamente de hechos, como la
biología, ni siquiera de valores, como la axiología, sino de deberes. Ahora bien, el deber
se define precisamente como aquello que toda persona tiene que realizar como su más
preciado tesoro: los valores. Los deberes, podemos decirlo ya, se fundan en valores que
nos piden su realización. La justicia nos pide ser justos, la verdad, veraces, lo sagrado,
religiosos; si hemos hecho una promesa, cumplirla, si hemos contraído una deuda,
pagarla, etc., etc. No hay valor que no pida su realización, lo cual nos puede plantear un
grave problema: ¿y si dos valores me piden su realización a la vez, o estimo que la
realización de uno significa dañar parcial o totalmente el otro, etc.? Ésta es la situación
típica de la que se encarga la ética y la bioética: el conflicto de valores. La
conflictividad es una característica más de los valores. Si los valores no fueran
conflictivos sería innecesaria la ética. Si es necesario dar el paso del nivel de los valores
al nivel de los deberes es precisamente porque no siempre sabemos lo que debemos
hacer en cada caso concreto. Si algo es la ética, es una disciplina práctica. Porque una
cosa es lo que “debería ser” y otra muy distinta lo que “debe ser”. Vamos a aclarar este
punto importante.
Mencionábamos antes que nuestra vida está sustentada en un mundo distinto de
los hechos que podemos llamar ahora “mundo de los valores”. Estos valores, en la
medida en que son descubiertos, pasan a formar parte, por proyección, de un mundo
ideal. Toda persona lleva este mundo en su recámara, en el fondo de sí mismo, pero es
un mundo ideal porque está compuesto por una elevación o proyección de los valores
reales. Si yo descubro la belleza, querría que todo fuera bello; si descubro la justicia,
querría que todo fuera justo; si descubro el amor, querría que todos nos amaramos; si
descubro la paz, querría que no hubiera guerras, y así hasta extremos indecibles. Todo
lo que se nos presenta como valioso lo proyectamos y lo convertimos en un mundo
ideal. Pues bien, este mundo ideal es el mundo de lo que “debería ser”, pero no es. Es, si
se quiere, nuestro horizonte de vida buena. Nadie puede vivir sin este mundo. Más bien
ocurre que la pérdida de este mundo es la pérdida del “sentido” de la vida y por tanto
del sentido de la muerte. Es la triste situación en la que da igual vivir que morir. Por lo
tanto, es inimaginable un mundo sin esta dimensión de idealidad o irrealidad. Ahora
bien, esta irrealidad es la que pide realizarse, es la que pide encarnarse en este mundo
presente. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿De qué manera? ¿Por cuánto tiempo? Ahora es cuando
comprobamos que el mundo ideal, el mundo del “debería” no nos resuelve el problema
cotidiano, eso que hemos llamado conflicto de valores. Ahora tengo que hacer otro tipo
de proyección, más pegada a los hechos, que me alumbre lo que tengo que hacer en
cada caso concreto. Y lo tengo que hacer muy probablemente contando con la opinión
de los demás, no mirando únicamente al mundo ideal, como pensaban Platón o Kant.
Yo sé muy bien que no debería haber guerras, ni homicidios, ni injusticias, ni
enfermedades, ni actos inmorales, pero ¿puedo yo, hombre de carne y hueso, evitar todo
esto de modo absoluto? El mundo real es muy distinto al mundo ideal, o dicho de otro
modo, el mundo del “debería” es muy otro que el mundo del “debe”. Sin aquél yo no
podría vivir en éste, y sin éste aquél sería una absoluta ilusión. La opción por uno de
estos mundos siempre ha llevado a posturas morales extremas. Resulta inevitable
mantener los dos mundos y articularlos según eso que llamaremos “responsabilidad
moral”.
Lo que tenemos que realizar, los valores, se expresa pues en un tercer tipo de
juicios llamados prescriptivos o normativos, es decir, en juicios de “deber”. Los juicios

de deber son los que nos ordenan la realización de valores positivos y la evitación de los
negativos, por ejemplo, “debes cumplir tus promesas” o “no debes mentir”, donde
“cumplir las promesas” o “decir la verdad” son dos valores positivos. El caso es que son
juicios muy peculiares. Así como el lenguaje de la ciencia se expresa en su forma
indicativa a través del verbo “ser”, el lenguaje de la ética lo hace en su forma
imperativa, es decir, en términos de “deber”. Los juicios morales mandan y ordenan
hacer unas cosas y evitar otras; no tienen por objeto conocer la realidad, sino ordenarla.
La ordenan además en el futuro, no en el pasado ni en el presente, como suele suceder
con los demás juicios. Esto significa que este tipo de juicios, antes de hacerse realidad,
impelen a la propia conciencia. En ética esto es lo que se llama “conciencia moral”. La
conciencia moral es el tribunal supremo desde el que salen y al que vuelven los juicios
morales. La conciencia moral manda y, paradójicamente, asume lo mandado. La
inadecuación parcial entre la orden y su cumplimiento no pasa, sin embargo,
desapercibido. Tanto es así que la orden tiene un nombre muy distinto del de la
recepción, aunque ambos momentos forman parte de la misma conciencia moral. La
cuestión es la siguiente. Decíamos anteriormente que los valores piden su realización, y
eso es lo que significa “deber”, orden o mandato. Añadimos ahora que piden además su
justificación, y eso es lo que se expresa con otro término fundamental:
“responsabilidad”. Ya no basta con que tengamos la “buena intención” de realizar
valores, incluso “sentir” el deber de hacerlo, sino que hemos de “responder” (de ahí
responsabilidad) de por qué hemos de realizar unos y no otros, y de las consecuencias
de la realización de cada uno de ellos, etc. Quien percibe el valor “salud” o “belleza” es
seguro que se ve impelido por el deber de contribuir a ella; pero, en su puesta en
práctica, ha de medir todas las consecuencias. Recordemos que lo ideal sería un mundo
donde nadie muriera, donde no hubiera enfermedades, pero la realidad es que la gente
muere, etc. No debemos ser ciegos a la realidad por una especie de encantamiento del
mundo ideal. Los valores piden su realización, pero piden también su justificación con
arreglo a la naturaleza de las cosas y a las consecuencias previsibles. Éste es el tema de
la bioética: actuar con responsabilidad, pues si bien cabe partir de posiciones
apriorísticas, convicciones profundas, deberes absolutos, etc., éstas han de ser siempre
contrastadas con lo que nos demanda cada situación concreta. No podamos confundir lo
absoluto con lo real, y por tanto con lo que se puede y se debe hacer en un caso
concreto.

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