EDUCATION POUR TOUS

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DE LA VISIÓN FILOSÓFICA A UNA ESPIRITUALIDAD DEL CUERPO

DE LA VISIÓN FILOSÓFICA A UNA ESPIRITUALIDAD DEL CUERPO
Clément TSANGA MBIA

La concepción del cuerpo tuvo muchas aprehensiones según las diversas épocas. Del ámbito filosófico al ámbito teológico sin olvidar el sociológico, hemos tenido varios puntos de vista sobre el ser humano y más bien el elemento material que es el cuerpo. Nos interesa más los ámbitos filosóficos y teológicos.
¿Qué visión tiene la filosofía sobre todo griega sobre el cuerpo? Hay que decir que en la filosofía griega, se reflexionaba más sobre el ser humano. De hecho para Platón el cuerpo era la cárcel del alma con quien el hombre más se identificaba. Por su origen material, el cuerpo era considerado malo y adverso al origen sano y espiritual del alma que procedía del mundo de las ideas.
Aristóteles por su parte va a demarcarse de esta visión dualista. Para él, el ser humano es una única sustancia compuesta de alma y cuerpo, que se relacionan como forma y materia, y, por tanto, como acto y potencia. El alma es, pues, el principio que anima al cuerpo. Esta concepción del hombre parece negar la inmortalidad del alma, pues la considera inseparable del cuerpo. En la filosofía de Aristóteles, el cuerpo no se ve como malo sino que es acogido como bueno. El cuerpo llega a valorarse en la Edad Media a partir de las nociones aristotélicas, como un “mini cosmos”.
La confluencia del cristianismo con la cultura griega aporta otras notas de consideración, esta vez de índole teológica. Se rescata de la filosofía platónica la permanencia del alma con corrupción del cuerpo, tanto con la bondad que a partir de Aristóteles se le concede. Antes de presentar la visión cristiana del cuerpo, es imprescindible presentar algunas consideraciones e ideas equivocadas de muchos cristianos sobre el tema de la corporalidad.
Para muchos cristianos sigue siendo un problema el tema de la corporalidad. Determinados acentos excesivamente espiritualistas siguen manifestando un cierto “desprecio” o condena hacia todo aquello que suene a gozo y sensualidad. Por otro lado nos encontramos también inmersos en una sociedad a veces excesivamente materialista que propone una felicidad basada únicamente en la imagen y las emociones. De hecho el cuidado del exterior prima sobre el interior. Se preocupan más del parecer que del ser. Todo ello lleva una finalidad ser guapo o guapa, o más presumir como si la belleza dependiera del aspecto físico.
Las verdaderas preguntas que surgen tras de estas formas de considerar el cuerpo son: ¿Qué somos? ¿Quién soy? ¿Soy lo que llegaré a ser? ¿Puedo identificarme plenamente con aquel que veo cada mañana en el espejo? ¿Soy ese que arrastra el cansancio de la semana y los dolores de espalda por el estrés? Tanto el extremo espiritualista como el materialista muestran concepciones del hombre que se alejan por completo de la antropología cristiana. Hemos pasado de un desprecio por el cuerpo a una obsesión por él. Aunque sin llegar a caer en los extremos podemos reconocer que nosotros mismos no nos sentimos del todo integrados. Vivimos la vida como una tensión irreconciliable entre lo deseado y lo logrado, no sabemos aceptar los límites que nos impone la naturaleza y a veces terminamos buscando el realizarnos por caminos que se acercan a alguno de los extremos ya mencionados.
Frente a estas antropologías monistas que reducen al hombre a lo material o a lo espiritual (mal entendido) la antropología judeocristiana nos ofrece unas claves de comprensión que ven al hombre y la mujer desde su esencial unidad como una criatura de Dios hecha “a su imagen y semejanza” (Gn 1,26). Esto nos aporta una visión integrada de la persona. Pero veamos de dónde parte esta visión.
En el Antiguo Testamento se nos ofrece una visión del hombre en la que siempre se contempla a este desde su totalidad, aunque pudiendo referirse a él desde diferentes dimensiones. Así el término hebreo “basar” (cuerpo o carne) se refiere a la totalidad del hombre desde su carácter débil y pecador; el término “nefés” (alma) nos habla del hombre en su necesidad y dependencia de Dios; el término “ruah” (espíritu) nos habla del hombre fortalecido, inserto en el ámbito de Dios, en absoluta referencialidad a Él; el término “leb” (sentimiento, razón, voluntad) nos habla del hombre en cuanto ser razonante. Pero como se ha señalado, ninguno de estos términos expresan partes separadas del ser del hombre, sino diferentes prismas desde los que contemplar la única realidad del ser humano total. Así un judío no diría que el hombre tiene cuerpo, sino que es cuerpo, no tiene alma, sino que es alma.
Es interesante ver cómo esta concepción veterotestamentaria del hombre es la misma que maneja Pablo en sus cartas. A veces se ha pretendido ver una base dualista en sus cartas cuando distingue entre cuerpo y espíritu. Pero para él cuerpo y espíritu no son sino formas distintas de ver al único hombre creado por Dios. “Sarx” (carne) sería para Pablo el hombre en su totalidad inmerso en la lógica del pecado (Rom 6,6; 7,24), pero también habla del cuerpo como “soma” en un sentido más positivo como “templo del Espíritu Santo”, el espacio donde somos salvados (1Cor 6,19), el quicio de nuestra salvación. Al hablar de espíritu (“pneuma”), Pablo se refiere a ese hombre nuevo puesto enteramente en relación con Dios.
Y también es interesante detenerse en la apología del cuerpo que hace el cuarto evangelio frente a aquellas corrientes gnósticas que lo despreciaban. Es paradigmático el versículo del prólogo “la Palabra se hizo carne” (Jn 1,14). Ahora que se acerca la Navidad podríamos detenernos a pensar qué supone esto para nosotros, también dejarnos llevar por el título del artículo propuesto, “Caro cardo salutis”: la carne es el quicio de la salvación. Todos los años hacemos una cierta representación de lo que era el Belén, no disfrazamos como pastores, reyes magos, la santa familia, cantamos villancicos y casi nos hemos acostumbrado a cantar que “entre un buey y una mula Dios ha nacido”, que Dios asume y glorifica todo nuestro ser, nuestra historia, nuestro cuerpo, nuestras heridas y nuestra muerte. En Jesús, la encarnación de la Palabra, ya no existe división entre lo sagrado y lo profano.
Arrastramos angustias que no son nuestras. El platonismo griego introdujo una concepción de hombre más conceptual y formalista. Es la tentación de encerrar el misterio que somos en un concepto claro para el entendimiento. De aquí viene la separación del hombre en cuerpo y alma, viéndolo como dos partes diferentes y en tensión: el cuerpo es la “cárcel del alma”, algo que se aleja por completo de la visión bíblica expuesta. Es notable la influencia que esto ha tenido en la teología y la espiritualidad cristianas, que empezó a ver todo lo mundano como algo perverso, contrario a lo espiritual, algo que nos aleja de Dios. Baste recordar aquellas palabras de la conocida oración mariana: “a ti llamamos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”.
Urge purificar nuestra fe de estos malentendidos y recuperar una verdadera espiritualidad del cuerpo. Tomarnos en serio este tema debería hacernos revisar en profundidad muchos aspectos de la vida de la Iglesia: la pastoral, los sacramentos, la moral sexual, el lugar de la mujer. A mi entender, muchos de los bloqueos que hoy tiene la Iglesia en su diálogo con el mundo es precisamente lo poco integrado que se encuentra lo corporal. La sexualidad se convierte así en un tema tabú, algo que provoca grandes heridas y represiones mal asumidas, el celibato obligatorio se vive más como una losa que como un medio de desarrollo personal y vocacional, la sexualidad en el matrimonio termina siendo más un puro instrumento para la procreación que una expresión del amor conyugal. La pastoral debe ser repensada desde una visión integral y positiva de todo lo humano, una visión que integre lo sensitivo, lo sexual, no como átomos de nuestra vida, sino como parte integrante de ese misterio que somos.

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